Historia

Desde el punto de vista histórico no debe quedarnos ninguna duda de la absoluta contemporaneidad de la Semana Santa ferrolana, tal y como la conocemos, es decir, con sus signos distintivos más característicos: los penitentes encapuchados o los grandes tronos. Esta muestra de religiosidad popular nace en un momento concreto -la Postguerra- marcado por unas condiciones políticas, sociales y culturales bien definidas. Sin la fuerte reacción religiosa que se desarrolla en la España nacional tras el estallido de la Guerra Civil, como respuesta al fuerte proceso de secularización que se había vivido durante la Segunda República, hubiera sido prácticamente imposible el nacimiento y desarrollo de este fenómeno. Dicho de otro modo, a finales de los años treinta y comienzo de los cuarenta del pasado siglo, se generó un clima muy favorable para el desarollo de este tipo de religiosidad. Un clima aprovechado por personas como Demetrio Casares o Daniel Novás para impulsar una manifestación religiosa inédita en la ciudad pero que pronto calará hondamente en la sociedad departamental, provocando en los años siguientes su rápida extensión.

La modernidad de la Semana Santa en Ferrol es, pues, un hecho irrefutable. Por esa razón, los intentos de no pocos cronistas por fojar un pasado mítico de las hermandades, entroncándolas directamente con otras del siglo XVIII o con supuestas cofradías medievales desaparecidas, resultan inverosímiles. Logicamente en nuestra localidad durante los siglos pasados, se desarrollaban, en el marco de la Semana de Pasión, procesiones, como era común en una sociedad en la que la religión jugaba un papel central en la vida cotidiana del hombre y la mujer. Igual que en el Ferrol de los siglos XVII o XVIII se celebraba, por ejemplo, una procesión del encuentro, en otras localidades como Puentedeume o Pontevedra, sucedía lo mismo. Las celebraciones externas de este tipo constituían una de las manifestaciones más evidentes de las religiosidad barroca que se había impuesto tras el Concilio de Trento y que afectó, no sólo a Ferrol, como algunos nos quieren hacer creer, sino a todo el orbe católico.

Ahora bien, esta afirmación, irrenunciable para cualquier historiador de las mentalidades, no implica que no se puedan localizar en el pasado secular algunas conexiones, casi siempre difusas e indirectas, entre el mundo cofradiero del siglo XX y el de los tiempos pasados. Es evidente, por ejemplo, que sin el nacimiento a mediados del siglo XVIII de las terceras órdenes franciscanas y servita, o de la cofradía de Nuestra Señora de las Angustias, posiblemente hoy no contaríamos con la Semana Santa con la que contamos. Fueron los ferrolanos de aquella centuria los que erigieron prácticamente todos los templos de dondo hoy parten los desfiles procesionales o los que encargaron a los maestros escultores las tallas más significativas de nuestra Semana Santa.

Desde esta perspertiva, las Cofradías de la Tercera Orden cuentan en los siglos precedentes a su nacimiento, con un lógico antecedente: la fraternidad tercera franciscana. los terciarios llegan a Ferrol ennuna fecha indeterminada del siglo XVIII, construyen su capilla, adquieren tallas tan emblemáticas como la Virgen de la Soledad o el Ecce Homo e inician una tradición procesional que recuperarán, en la mitad del siglo XX, las nuevas hermandades.

EL NACIMIENTO DE LA COFRADÍA DE NUESTRA SEÑORA DE LA SOLEDAD
Resulta frustante la escasa información con que contamos para los primeros años de vida de la nueva hermandad. A pesar de que en su primera junta de gobierno se había acordado la celebración de una reunión semanal, todos los miércoles a las siete de la tarde, lo cierto es que muy pronto aquella obligación se olvidó o, si no fue así, no quedó constancia de ellas por escrito. De este modo, nos encontramos en los libros de actas un inexplicable silencio de casi diez años: desde el 19 de junio de 1957 al 2 de febrero de 1967. Así, el 17 de febrero de ese último año se acordaba redactar un acta resumen de los desfiles y actividades realizadas desde su primera salida en 1958, lamentablemente también perdido. La asusencia de la que debería ser la principal fuente documental para el conocimiento de aquellos  trascendentales años, nos ha llevado a la necesidad de complementar la escasa información que ofrece con otros recursos. Junto a los testimonios oficiales, pues emplearemos como auxilio tanto las fuentes periodísticas como los testimonios orales de algunos de aquellos cofrades fundadores.

Parece evidente que el clima de entusiasmo fundacional que se estaba produciendo en el Ferrol de la postguerra y que había fructificado ya en la creación de un número importante de cofradías, supusieron un verdadero acicate para el nacimiento de la hermandad de la Soledad. Atraídos por aquel nuevo contexto, también los fieles asiduos a los cultos en la capilla de la Tercera Orden se decidieron por fundar una nueva cofradía que sacase las imágenes más veneradas de su templo a las calles de la ciudad. En una entrevista concedida a La Voz de Galicia en 1964, Alfredo Martín Lorenzo, autentico "alma mater" de aquella fundación lo narraba de esta manera:
" A la vista del auge que tomaba la Semana Santa Ferrolana, el capellán de la Orden Tercera, don Luis Rodríguez Sanz y un servidor, decidimos hacer revivir tan santa tradicción. Visitamos a varias personalidades y logramos formar una junta que resultó magnífica".

A decir verdad, antes del proyecto auspiciado por Martín, se habían desarrollado tiempo atrás algunas gestiones promovidas por integrantes de las cofradías de Dolores con el fin de sacar procesionalmente a la Virgen de la Soledad, gestiones sin resultado positivo alguno, ante la oposición del director de la Tercera Orden. De hecho, el propio Alfredo Martín Lorenzo tuvo también que lograr superar la resitencia del sacerdote a la creación de una cofradía propia en la capilla. Su inssistencia y la posterior adhesión al proyecto de reputados miembros de la sociedad ferrolan de aquellos tiempos, fueron determinantes para el posterior cambio de actitud de D. Luis. En efecto, las acciones llevadas adelante, habián atraido a importantes personalidades, tanto de la Armada como de la Autoridad Portuaria, absolutamente imprescindibles para asegurar su viabilidad aconómica.

En consecuencia, puestos destacados de ambas, sobretodo de la Armada, monopolizaban la directiva cuando ésta quedó constituida el 29 de mayo de 1957, bajo el nombre de "Cofradía y Hermandad de Nuestra Señora de la Soledad". A su cabeza se hallaba José Verdugo y Gacía Solá, ingeniero de la Junta de Obras de Puerto, su primer Hermano Mayor. Junto a él, en calidad de Vice-Hermano Mayor, Manuel Iñarra. El puesto de secretario lo ostentaba Ángel Rodríguez Brufao, el de depositario Victoriano Taboada, Alfredo Martín ocupó el puesto de mayordomo, mientras que Jesús González Lorenzo se encargó del cargo de vocal de propaganda. Ocho eran los vocales que cerraban esta Junta: Mariano Camezano, Manuel Orbea, Cayetano Pumoriño, Francisco Luque, Pedro Fernández, Vicente Boado, Manuel Vázquez y José María Montero.

Si bien es cierto que la tradición de procesionar a  la Virgen de la Soledad ya se había recuperado aquel año, merced a la inestimable colaboración de la cofradías de Dolores, el objetivo primordial de esta primera junta de gobierno era lograr salir a la calle, con cofrades y trono propio, en la siguiente Semana Santa. Para alcanzar tal fin, el tiempo apremiaba; eran muchas las tareas a desarrollar, teniendo en cuenta que la hermandad partía de cero. El primer acuerdo tomado en aquella reunión fue la necesaria redacción de unos estatutos. A tal efecto se nombró una ponencia formada por por el vocal de propaganda y el secretario. Además, a Jesús González Lorenzo se le encomendaba que diese noticia a loas medios de comunicación del nacimiento de la nueva cofradía, así como que hiciese un llamamiento invitando a los fieles a integrarse en ella. Esta labor de difusión proseguirá durante los siguientes meses. Pero no bastaba con la propaganda y la organización interna, las cuestiones económicas se convirtieron en el principal caballo de batalla, por lo que se hacía necesaria la creación de nuevos puestos en la junta que gestionasen con la máxima dedicación las cuestiones finacieras. Por esa razón, el máximo organo directivo, reunido el 4 de junio, creaba la figura de contador de la cofradía, recayendo en la persona de José María Montero.




Forman inicialmente esta Hermandad de Cofradías, la de Nuestra Señora de la Soledad y la de Santa María Magdalena, las cuales, como consecuencia del cese de su Junta de Gobierno, se integran con fecha 9 de marzo de 1974 en la Cofradía del Ecce Homo, con sede también en la Capilla de la V.O.T de San Francisco.

En acta de esta misma fecha, consta que en lo sucesivo, esta Hermandad tendrá la denominación de Cofradías de la Orden Tercera.

En el año 1980, se incrementa la Hermandad con el Tercio de San Pedro Apóstol, incorporándose en el año 1983 el del Cristo de la Luz y de la Buena Muerte, ambos de nueva creación.

Con la creación de las dos Cofradías que dan origen a esta Hermandad, se pretende recuperar los desfiles procesionales de la Soledad y del Ecce Homo y demás actos de culto, que la Orden Franciscana celebraba en Ferrol desde tiempo inmemorial y que por diversas causas se habían dejado de celebrar.

La Junta de Gobierno de la Cofradía de la Soledad se fija como principal objetivo, la recuperación de la procesión de la Soledad, de la que se tienen noticias de su celebración anteriores al año 1858.

Montero Aróstegui en su Historia de Ferrol, refiriéndose a esta procesión dice: “ la historia de esta procesión ha permanecido en el más absoluto olvido por parte del pueblo de Ferrol a pesar de tratarse de una auténtica tradición de más de dos siglos de antigüedad”.

A partir del año 1858, esta procesión es conocida también por la de los Almirantes, por ser portada la imagen a hombros de los cuatro Almirantes del Apostadero, y más tarde por los del Departamento Marítimo.

Con la fundación de la Cofradía del Ecce Homo, se retoma la centenaria tradición, iniciada a principios del siglo XVIII, de sacar la imagen del Ecce Homo en procesión la tarde del Domingo de Ramos (como en muchas ciudades gallegas). Cuenta la Historia, que acompañaban a la imagen unos soldados romanos tal y como se narra en la Pasión, que eran insultados e incluso apedreados por los fieles.

Pero la situación por la que atravesaba la ciudad decidió, a la Junta de Gobierno, suspender en el año 1872 “ temporalmente” la salida de la imagen a la calle, y así sería hasta 1967 cuando un grupo de jóvenes emprendió la recuperación de la tradición.